Pero la historia empezó mucho antes de que yo supiera ponerle ese nombre.
Empezó cuando me di cuenta de que había algo en mí que parecía diferente.
Cuando te gusta por primera vez un chico y, en lugar de sentir solamente ilusión, sientes miedo.
Miedo a que alguien se dé cuenta. A mirar demasiado. A que una palabra, un gesto o una forma de moverte revele eso que tú mismo todavía estás intentando ocultar.
No hace falta que nadie te diga directamente que hay algo malo en ti.
A veces bastan los comentarios, los chistes, las miradas, lo que se celebra y lo que se ridiculiza.
Vas entendiendo el mensaje. Y empiezas a vigilarte.
Mientras muchos de mis amigos vivían sus primeros enamoramientos y buscaban la manera de acercarse a la persona que les gustaba, yo estaba aprendiendo a esconder lo que sentía antes incluso de haber podido vivirlo.
Hubo una parte de mi adolescencia que no tuve.
No porque no sintiera. Precisamente porque sentía muchísimo.
Pero mientras otros acumulaban experiencias que les ayudaban a descubrir quiénes eran, yo aprendía, sobre todo, a no ser descubierto.
Y aquello deja huella.
Empiezas a preguntarte si eres suficientemente atractivo. Suficientemente deseable. Suficientemente masculino. Suficientemente fuerte.
Mis primeras experiencias íntimas tampoco tuvieron la naturalidad que me habría gustado.
Fueron furtivas. A escondidas. A través de chats o en contextos en los que muchas veces había más miedo y tensión que ternura.
No porque aquello fuera lo que realmente quería, sino porque había aprendido que mi deseo tenía que existir fuera de la vista de los demás.
Con 18 años salí del armario diciendo que era bisexual.
Durante mucho tiempo me esforcé en creer que esa era mi verdad.
Hoy sé que también era una negociación conmigo mismo.
No estaba intentando engañar a los demás. Estaba intentando convencerme a mí.
No quería ser “el maricón del grupo”. Prefería que me vieran como “el golfo que le da a todo”.
Necesité más de veinte años para volver a salir del armario.
Con 40 pude decirme por fin algo que probablemente una parte de mí sabía desde hacía muchísimo tiempo: soy gay.
Pero salir del armario no hizo desaparecer todo lo que había aprendido dentro de él.
Porque puedes decirle al mundo quién eres y seguir juzgándote por serlo.
Yo lo hice.
Durante años rechacé en otras personas cosas que, en realidad, me daban miedo en mí.
La pluma. La feminidad. La fragilidad. Todo aquello que me alejara de esa imagen de hombre masculino, fuerte, seguro y controlado que había aprendido a representar.
Mi propia homofobia interiorizada llegó a alejarme de otras personas LGTBIQ+.
Cuanto más intentaba demostrar que yo “no era así”, más lejos estaba de aceptarme completamente.
Y ahí apareció el camaleón.
Aprendí a mirar el ambiente y adaptarme. A intentar caer bien. A convertirme en lo que pensaba que tenía que ser para que me aceptaran y me quisieran.
Dependiendo de dónde estuviera, aparecía una versión distinta de mí.
Analizaba. Medía. Buscaba señales. Intentaba saber qué iba a pasar antes de que pasara.
Y eso cansa muchísimo.
Con los años entendí que no solo importaba cómo me relacionaba con los demás.
Importaba cómo me relacionaba conmigo. Cómo me hablaba. Qué me exigía. Cuánto me juzgaba. Cuántas veces ignoraba lo que necesitaba por intentar encajar fuera.
No quiero que alguien me quiera por la persona que consigo ser para gustarle. Quiero que me conozca a mí.
Quien no me quiere siendo yo, no me quiere.
Pero todavía me faltaba entender otra cosa.
Durante gran parte de mi vida me sentí extraño y profundamente solo incluso estando rodeado de personas que me querían.
No porque no intentaran comprenderme. Simplemente había experiencias que no habían vivido.
Hace poco, al volver a compartir espacios con otras personas del colectivo, sentí algo que me removió profundamente: estaba volviendo a casa.
Y entendí que muchas cosas que durante años pensé que eran solo mías aparecían también en otras historias.
La vergüenza. La autoexigencia. El miedo a mostrarse. La necesidad de validación. La dificultad para vincularse. Esa sensación de no pertenecer del todo.
Hemos aprendido tan bien a protegernos y a escondernos que incluso cuando ya podemos mostrarnos nos cuesta hacerlo.
A veces queremos conectar y no sabemos cómo.
Queremos intimidad y buscamos validación.
Queremos sentirnos vistos y terminamos consumiendo cuerpos, personas o sexo sin llegar a sentirnos realmente acompañados.
No porque haya algo roto en nosotros.
Sino porque aprendimos estrategias para sobrevivir que no siempre sirven para vivir.
No puedo volver atrás y crear ese espacio para el Abraham adolescente.
No puedo regalarle las experiencias que no se permitió vivir.
Pero sí puedo contribuir a crear ese espacio ahora para otras personas.
Un lugar donde no tengas que elegir entre ser tú y pertenecer.
Donde puedas conocerte sin juzgarte. Relacionarte sin actuar. Conectar sin esconderte.
Soy Abraham Quílez, fundador de Vidas con Propósito.
Y si este proyecto nace de algún lugar, nace precisamente de ahí: de convertir muchos años intentando encajar en el compromiso de construir espacios donde nadie tenga que dejar de ser quien es para sentir que pertenece.
Ser tú y sentir que perteneces tienen que poder ir juntos.